
Ayer empezó una competición de coches, “de cuyo nombre no quiero acordarme”, como diría Miguel de Cervantes. El año pasado, y desde 1950, la categoría reina indisputada del automovilismo nos deleitó a todos los aficionados del deporte de motor. Fernando Alonso, Ayrton Senna, Alain Prost, Michael Schumacher, Jim Clark, Niki Lauda… Los pilotos, con peor o mejor maquinaria, podían demostrar que el cuerpo a cuerpo importaba en la Fórmula 1. Te llamases Jackie Stewart o Yuji Ide.
¿Pero importa a día de hoy? No lo sabemos. Ves a George Russell adelantar a Charles Leclerc en una vuelta. Y viceversa. Y viceversa. Y otra vez más. De manera artificial, pulsando un botón para adelantar. Como si fuera “Mario Kart”, como lo describió el propio piloto monegasco. Hay personas, como Max Verstappen, que lo comparan con la Fórmula E.
“¡Pero hay más adelantamientos!”, nos dicen a capa y espada. No. Hay más acciones vacías y una competición sin vida. Esta siempre será la categoría reina, pero por galones y por sus pilotos. Por mucho que la receta de la Fórmula 2 y 3 sea mejor, no es lo mismo ver a Ugo Ugochukwu o a, con todos mis respetos, Nikola Tsolov, cocinar, que a los mejores pilotos del mundo: sea Russell, Verstappen, Leclerc, o Lewis Hamilton.
No menciono a Alonso porque parece ser que Aston Martin y el famoso motor Honda ha decidido relegarle al rol de piloto de prueba. El Gran Premio de Australia ha sido una nueva sesión de prácticas para los de Adrian Newey. Pero al ver la salida del español, donde adelantó por doquier antes de caer hasta el fondo de la parrilla y abandonar por rendimiento mecánico, nadie que entienda del tema duda de que “El Nano” sigue siendo un talento fenomenal. Y, asimismo, otro aliciente que la F1 pierde.
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